Todos los estilos son buenos, menos el aburrido (entrevista a Alberto Salcedo Ramos)


Alberto Salcedo Ramos. Imagen tomada de elespectador

Por John Junieles . Tomado de letralia.com

Hay una escasa estirpe de creadores, que a la hora de escribir tienen presente una verdad fundamental: la vida, para muchos seres, no es sino un largo y monótono suceso. Estos creadores saben que hay gente que busca sus anteojos por todos los rincones de la casa, y no los encuentran, y requieren de alguien que les recuerde que esos anteojos están justo sobre su nariz; el periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos, es uno de esos informantes.

“La mente es como los paracaídas, funciona mejor cuando está abierta”, parece decirnos Salcedo. En sus crónicas y reportajes se registra la ambigüedad vital del ser humano, se expone la contradicción natural en la que tantas veces incurren los seres, se redescubren joyas a la vista de todos, opacadas por la rutina. En ese sentido, si ser escritor significa una forma personal de intuir las verdades del mundo, el periodismo de Salcedo es el de un estilista, a la manera de Gay Talese, Tom Wolfe o Gabriel García Márquez.

En su primer libro Los golpes de la esperanza (Cartagena, 1994) es palpable su preocupación por ciertos asuntos: el mundo popular como poderoso surtidor de recursos, en cuanto hallazgos y soluciones. La necesidad de compasión para poder entender —integralmente— los comportamientos humanos. Es decir, los sentidos al servicio de la realidad y del arte, no de la comprobación de un prejuicio, o el descubrimiento de una verdad inmóvil. Todo eso subyace en esos reportajes iniciales a boxeadores caribes, para quienes la gloria resulta tan esquiva, y en los que tantos lectores se reconocen.

Diez juglares en su patio (Bogotá,1994), significa la afirmación de un compromiso. Salcedo, en coautoría con Jorge García Usta, logró con este libro de reportajes a músicos populares del Caribe colombiano, la comprobación de lo sabido, que en términos generales el mejor periodismo que se hace en Latinoamérica se practica en las provincias. En la prensa regional las tendencias globales informativas no imponen la uniformidad temática que hay en la prensa nacional, y que deviene en reiteración y monotonía. Por el contrario, en el periodismo regional se ahonda en temas que constituyen formas de vida. Diez juglares en su patio demostró a los periodistas el alcance estético que puede lograrse en la crónica y el reportaje. Además, con su modelo, Salcedo y García Usta entusiasmaron a otros periodistas-literarios para asumir sus propios proyectos.

Luego vendrían dos libros, que sólo podrían haber sido amasados con el fervor de un periodista de calle, como Salcedo: De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho (crónicas, 1999); y El oro y la oscuridad: la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé (reportaje, Random House Mondadori, 2006). Del primero, Daniel Samper Pizano nos dice: “(Salcedo) tiene un rango de interés muy variado: lo mismo puede escribir sobre la vida de un mendigo que sobre Pambelé o sobre un juglar vallenato”. Esa curiosidad responde al convencimiento de que el mundo es una gran red, cruzada por hilos de origen impredecible. La certeza de que toda vida, pública o anónima, tiene su cuota de gloria y tristeza, de dignidad y vergüenza, todos esos espejos encontrados en donde se refleja la condición humana.

Por su parte, El oro y la oscuridad: la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé es un valiente reportaje donde se aparta el trigo de la paja. Descubrimos cuánto dolor hay en la vida picaresca de nuestros héroes populares. Su vida parece decirnos que, de todas las derrotas que pueden vivirse, alguna victoria pasajera, alguna alegría prestada nos queda. Recuerdos que, como amuletos, la memoria guarda para sacar del bolsillo en los días peores.

Salcedo ha sido incluido en diferentes antologías, como Citizens of Fear (Universidad de Rütgers), Años de fuego (Planeta) y en las antologías de grandes crónicas y de grandes reportajes de Daniel Samper Pizano (Aguilar). Ha ganado 16 premios nacionales e internacionales de periodismo, como el Rey de España y el Simón Bolívar (tres veces), entre otros.

—Da la impresión de que el denominado periodismo literario cada día gana más atención entre los lectores. ¿Cuál es su perspectiva de este fenómeno?

—Me parece que eso se debe a que hay mucha gente necesitada de que le cuenten bien las historias. Hace unos años se discutía en términos bizantinos sobre la presunta extinción de los narradores en el periodismo colombiano. Los medios decían que no publicaban crónicas porque no había cronistas, y los cronistas decían que no hacían crónicas porque los medios no les daban espacio. Aquello era como el famoso círculo vicioso del huevo y la gallina, es decir, quienes planteaban esa polémica no se ponían de acuerdo en qué fue primero y qué vino después. Durante muchos años, los contadores de historias de largo aliento tuvieron que exiliarse en los libros, porque en los periódicos no cabían. Un día apareció una revista que se atrevió a apostarle al periodismo narrativo, me refiero a El Malpensante, y entonces se desplomó la farsa de que no había cronistas, ni gente interesada en los relatos largos, ni tiempo para leerlos. Después han venido muchas otras revistas, como SoHo y Gatopardo, que se la han jugado por esta modalidad. Supongo que el éxito de este tipo de periodismo se debe, entre otras razones, a que interpreta y cuenta de una manera más humana los hechos que el público consume atropelladamente en la televisión. Es un periodismo que le añade una preocupación estética a su responsabilidad de informar.

 

—En sus crónicas y reportajes para las revistas colombianas Soho y El Malpensante hay un esfuerzo por dar altura estética a los textos.

—Una vez, tomando tinto con Germán Santamaría en su casa, él me dijo algo que me quedó sonando: los periodistas narrativos respetamos a los reporteros que andan por ahí con ansias de descubrir un fraude, pero preferimos ser más recordados por escribir una bella metáfora que por tumbar a un alcalde. Quizá exageraba Germán, pero entiendo el sentido profundo de su frase: no nos basta con informar, no nos sentimos conformes si sólo hacemos encarcelar a un ministro: necesitamos, además, que nuestros textos generen placer. Yo pertenezco a esta legión, definitivamente.

—De igual manera el humor es un invitado habitual. ¿Cómo ha sido su experiencia en el manejo del humor como recurso narrativo?

—Bueno, el humor es algo que se me da de manera muy espontánea, aunque suene inmodesto. Es parte de mi manera de ser, o sea, es algo anterior a mi formación como cronista. Yo creo que, en el fondo, quienes usamos el humor estamos motivados por el temor a no ser escuchados. El humor genera un encanto especial, es como una especie de Flauta de Hamelín que atrae a la gente. Woody Allen dijo una vez que todos los estilos son buenos, menos el aburrido. A mí me parece que escribir con humor es una forma de expresar consideración por el lector. El humor es útil para humanizar los temas, porque nos permite ver el lado ridículo de la gente. Cuando uno tiene humor no se toma a sí mismo tan en serio y, por el contrario, es capaz de reírse de sus propias debilidades. Eso es saludable en la escritura. Ahora bien, yo creo que el humor debe ser algo natural: cuando te pones a buscarlo deliberadamente, puedes terminar haciendo algo efectista o convertido en un simple contador de chistes. Uno de los descubrimientos más felices que he hecho en mi carrera de periodista es que la vida, por muy áspera que a veces parezca, está llena de situaciones cómicas. Por ejemplo, Carlos Sánchez Ocampo, un amigo cronista de Medellín, me contó que una vez fue abordado en una cafetería por un atracador que le quitó el reloj. El tipo se fue corriendo como una gacela por una calle congestionada, y Carlos siguió tomando tinto en la cafetería. Lo insólito es que el delincuente volvió como a la media hora, indignado porque el reloj no servía. Cuando Carlos me contó el episodio, a mí me pareció que el reclamo del atracador era justo: si uno sabe que en cualquier momento lo van a asaltar, debe andar con objetos que estén en buen estado, y no con chatarra. Es posible que mi apunte haya sido macabro, pero es que a veces lo único que nos queda es el chiste. Ya que nadie impide que nos asalten, por lo menos déjennos reírnos de las calamidades. Creo que eso es el humor.

—Como periodista, su materia prima es la realidad. ¿Qué limites se impone frente a la tentación de hacer ficción con los hechos?

—Yo he dicho que el reto del cronista no es inventar la realidad sino descubrir lo maravilloso que esa realidad tiene por dentro. Conozco la historia de un hombre que atropelló a una mujer, y le ocasionó lesiones graves que la mantuvieron varios meses en cuidados intensivos. El tipo se sentía terriblemente culpable y por eso iba todos los días al hospital, a visitarla. Le llevaba flores, chocolates, revistas. Se quedaba conversando con ella largas horas. El accidente de tránsito, que pudo haber sido fatal, terminó convertido en un hermoso pretexto para que dos personas solitarias se conocieran y se acercaran. A los pocos días de ella haber salido del hospital, se casó con él. Cuando uno descubre esta historia en la vida real, es un cronista. Cuando uno se la imagina, es un escritor. Lo que no puede es revolver las dos cosas de manera tramposa y meterle gato por liebre a la gente. Yo procuro estar mucho tiempo tras la realidad que voy a contar, para descubrir lo sorprendente que tiene por dentro. Si algún día me decido por la ficción, me tocará escribir una novela, no un reportaje.

—Las vivencias personales (la autobiografía) son un surtidor abundante para el escritor, y para el periodista, quienes se sensibilizan más frente algunos temas porque los conocen. ¿En qué medida sus experiencias personales han permeado su trabajo?

—Resulta que a mí me han sucedido cosas que son universales, porque también han podido sucederles a otras personas. Desde ese punto de vista, me parece que lo autobiográfico funciona. En la universidad tuve profesores que casi proponían la horca para quienes se mencionaran en las historias que contaban. Durante mucho tiempo, influido por esa formación que recibí, tuve ciertos pudores que me impedían usar lo autobiográfico. Escribía a la manera impersonal de los notarios públicos, que simplemente dan fe de que algo existe y punto. Por fortuna me quité ese lastre de encima. Yo puedo perfectamente incluir mis emociones en el relato, porque soy humano y cuando escribo, lo hago con el pellejo puesto. La clave, me parece a mí, es usar ese recurso en función de la historia, y no como un simple pretexto para hablar de uno mismo en forma narcisista. Yo creo que para quien escribe de manera honesta, es inevitable caer de vez en cuando en lo autobiográfico. Al fin y al cabo, como dijo Miguel de Unamuno, “soy el hombre que tengo más a la mano”. Ahora bien: me parece penoso que un escritor sólo hable de sí mismo, olvidándose del resto del mundo.

—¿Por qué unos temas le han atraído más que otros? ¿Qué impulsos lo han llevado a seguirles la pista por varios meses a ciertas personas anónimas?

—Yo he escrito sobre temas elegidos por mí y sobre temas asignados por los medios que publican mis trabajos. Durante muchos años busqué las historias de manera espontánea, guiado furiosamente por el subconsciente. Pero de pronto empezaron a hacerme notar que tenía ciertas preferencias —por ejemplo, por los perdedores— y desde entonces me he vuelto menos inocente en este asunto. Yo creo que uno debe tener química con su tema. De lo contrario, la historia no levanta vuelo. Mi atracción por los seres anónimos también fue algo que se presentó sin que me diera cuenta. Creo que me gustan porque me permiten un acercamiento más profundo y más humano. Hay muchos famosos que ya no tienen una vida sino una imagen, y la cuidan de las miradas intrusas como la mía. Los anónimos son más desprevenidos en este sentido.

—Su relación con el boxeo es de vieja data. ¿Cómo se explica que esta disciplina deportiva haya sido objeto de tanta curiosidad?

—Lo que pasa es que yo tengo algo bárbaro: disfruto viendo a dos tipos moliéndose a puñetazos. Qué le vamos a hacer, unos van a las plazas de toros, otros ponen a pelear a gallos y perros, otros cazan venados con un rifle. Mi acercamiento inicial al boxeo fue por puro gusto. Ya después, cuando crecí, descubrí que además es una mina de grandes historias, porque se ocupa de lo más primario del hombre. Los jugadores de béisbol están vestidos, los boxeadores están desnudos. Eso me interesa. En el fútbol hay once jugadores para compartir la derrota. En el boxeo, pierdes tú solo. Y además, pierdes delante de miles de personas que están esperando, precisamente, que te partan las costillas. El boxeo es una metáfora del hombre que para ganarse las cosas debe luchar contra el enemigo, contra el entorno, contra todo el mundo, porque nació solo y no tiene quien le regale nada.

—Como cronista, ¿qué otras seres, situaciones o fenómenos llaman su atención?

—Me interesan las historias relacionadas con la cultura popular: juglares, bogas, fiestas, tradiciones. Me gusta la crónica como posibilidad de construir memoria. Creo que un cronista debe asumir el compromiso de narrar de la mejor manera posible su entorno y su época. Por eso creo que la agenda del cronista debe ir más allá de las noticias de la gran prensa: hay que buscar la vida que no nos quieren contar los medios, la de la gente excluida por no tener poder o por no ser víctima de las tragedias.

—Usted es coautor, junto a Jorge García Usta, de Diez juglares en su patio. Para muchos, un libro de culto en la historia del periodismo colombiano. Y su más reciente trabajo es El oro y la oscuridad (la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé). ¿Qué une y qué diferencia estas dos experiencias de escritura?

—En las dos experiencias está mi nombre. Pero el estilo que yo tenía cuando participé en Diez juglares en su patio, apenas se estaba formando. Ahora siento que he encontrado mi propia voz.

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2 respuestas a Todos los estilos son buenos, menos el aburrido (entrevista a Alberto Salcedo Ramos)

  1. Ingrid Cruz dijo:

    Gracias por ofrecer una entrevista de la que se aprende mucho.

  2. Buen artículo, entretenido.

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