Mientras vuelve la luz, una entrevista con Alberto Salcedo Ramos


Por John Galán Casanova. Tomado de http://www.elmalpensante.com

Antes que como periodista o escritor de crónicas, Alberto Salcedo prefiere definirse como un contador de historias nato. Es también un perseguidor. Se pasa la vida buscando historias, queriendo convertir en película cada cosa que ve, algo que pueda digerir y convertir en espectáculo para después contárselo a los demás.

Su contacto con el arte de narrar comenzó en Arenal, el pueblo donde se crió, a dos horas y media de su natal Barranquilla. En las tertulias que tenían lugar al atardecer nutría la curiosidad por escuchar a sus mayores, vecinos y jornaleros de la finca de su abuelo que lo encantaban con el ingenio de sus historias. Diez juglares en su patio (1991), su primer libro, es justamente un tributo a los cantores raizales de la costa caribe, máximos exponentes de esa rica oralidad que lo asombró desde niño.Los golpes de la esperanza (1993), sobre el mundo de los boxeadores populares en Cartagena, fue su primera incursión en la temática del boxeo, que retomaría más adelante para realizar su perfil de más largo aliento: El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé (2005).

En busca de nuevos personajes y paisajes, a principios de los noventa Salcedo Ramos renunció a su trabajo como redactor en El Universalde Cartagena. En Bogotá escribió las diez crónicas de su tercer libro.De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho (1999) mostró que su curiosidad trascendía los patios de los juglares y los gimnasios, y podía abarcar historias de seres comunes y corrientes con destinos singulares por revelar. La biografía de Pambelé, fruto de una investigación que lo llevó a visitar tres países y a entrevistar a más de medio centenar de personas, lo consagró como reportero y proyectó su nombre entre los principales cronistas del continente.

Alguna vez Juan Gossaín le preguntó a Alberto cuándo iba a dar el salto definitivo a la literatura. La pregunta le extrañó: él siempre se ha considerado cultor literario de la no-ficción, de esa estirpe de periodistas narradores como Talese, Capote, Mailer y Wolfe. Si alguna duda cabe basta leer La eterna parranda, su más reciente libro, veintisiete crónicas publicadas entre 1997 y 2011. Allí abundan los personajes captados por su eterna curiosidad: juglares como Emiliano Zuleta y Diomedes Díaz, ex campeones de boxeo como Rocky Valdez, campeones sin corona como Bernardo Caraballo, un palabrero wayuu, un árbitro, un bufón de velorio, futbolistas, toreros y boxeadores fracasados, taxistas, travestis, cirqueros. Este libro nos presenta además una faceta crucial en su escritura: un puñado de estremecidos reportajes sobre protagonistas del conflicto armado en Colombia. Crónicas como “El pueblo que sobrevivió a una masacre amenizada con gaitas”, sobre los habitantes de El Salado, “Un país de mutilados”, sobre las víctimas de las minas antipersona, “El llamado de la chirimía”, sobre los reinsertados del Chocó, o “El enfermero de los secuestrados”, sobre el sargento William Pérez, ratifican a Salcedo Ramos como testigo de la increíble y triste historia de este país cándido y desalmado.

Diez juglares en su patio (1991)

–¿Por dónde empezamos, maestro?
–Usted dirá. Para mí no hay mal comienzo.

La tristeza de leandro

Tu primer libro, en coautoría con Jorge García Usta, reúne reportajes a viejas glorias del folclor vallenato y costeño como Cico Barón, Alejo Durán, Toño Fernández y Leandro Díaz. ¿Cómo hicieron realidad ese homenaje?

Tanto Jorge como yo comenzamos a hacer esas crónicas de músicos a mediados de los años ochenta, cuando trabajábamos en El Universalde Cartagena. Nos interesaban los juglares debido a que crecimos en ambientes rurales donde había un gran temperamento musical. Catalino Parra, uno de los cantantes de los Gaiteros de San Jacinto, me cargó en hombros cuando yo era niño. Jorge me contó que Pablo Flórez lo cargó a él. Cuando empezamos a escribir esas crónicas, cada cual por su lado, no imaginamos que algún día se convertirían en un libro. Como éramos tan amigos, un día cualquiera en su casa, después de un almuerzo, empezamos a hablar de esas historias, de la gran pasión que teníamos por los músicos populares del Caribe colombiano, y vimos que de esa obsesión compartida podría resultar un buen tomo. Reunimos los cinco textos que ya habíamos escrito y los restantes los trabajamos exclusivamente para el libro, no salieron antes en una revista o periódico.

¿Esos últimos reportajes fueron a hacerlos juntos?

No, nunca nos juntamos para hacer reportería. Ni nos metimos en la escritura del otro, salvo algunas sugerencias que él me hizo, pues para aquel momento Jorge había leído una cantidad de obras que yo no conocía. Él estaba en capacidad de hacerme correcciones a mí pero yo no tenía modo de sugerirle nada útil a él. Estudié comunicación social pero en la universidad jamás me enteré de que existía un señor llamado Truman Capote. De eso supe gracias a Jorge cuando llegué aEl Universal. “Además existe otro”, me dijo, “llamado Gay Talese”. Luego me presentó a Tom Wolfe, a Norman Mailer. Así conocí el nuevo periodismo norteamericano. Jorge tenía un gran bagaje como lector de literatura y de periodismo narrativo.

¿Cómo era esa cuestión de visitar a los juglares?

A mis veintipico años yo no era un periodista narrativo pero sí un reportero impulsado por una gran pasión. Iba a los solares de los personajes, los entrevistaba casi siempre una sola vez, y luego convertía en relato lo que surgía de esas conversaciones. Aún no tenía el recurso de acompañar al personaje por un lugar y por el otro. Los textos míos de Diez juglares en su patio son entrevistas matizadas, conversaciones con destellos de narración. No estaba preparado para pescar y narrar escenas, como lo aprendería a hacer años después. En cambio Jorge ya era un periodista narrativo sobresaliente. Hay textos suyos maravillosos. Como el que escribió sobre Clímaco Sarmiento, el compositor de “Pie pelúo”. Sarmiento se ahorcó con el cordón de la máquina de coser, decepcionado por los apuros económicos que pasaba en su vejez. Jorge reconstruyó sus últimos momentos con un vuelo narrativo tremendo y gran hondura emocional.

Has mencionado autores que conociste gracias a García Usta. Antes de eso, ¿cuál fue tu primer contacto con los libros y la escritura?

Me gustaría decir que mi iniciación literaria se dio a través de un libro de Hemingway o de Dostoievski, pero no fue así. Crecí en casa de un abuelo ganadero donde había pocos libros. El primer libro del que tengo memoria era uno de historias breves sacadas de la Biblia. Pasó mucho tiempo antes de que llegara a convertirme en lector. Mi primer acercamiento a Cien años de soledad fue un fracaso, tenía catorce años cuando me perdí en esa maraña, en ese árbol genealógico que parecía multiplicado por un creador chiflado. Luego, forzado por los profesores del colegio, leí Hamlet y me encantó.

En realidad fueron las telenovelas de los años setenta las que despertaron mi interés por el mundo de las historias. Inspirado en ellas me dediqué a escribir melodramas cuando tenía nueve años. Mi tío Gonzalo Ramos quedó atónito cuando le mostré uno, no podía creerlo. Ya adolescente me dio por escribir cuentos, pero fue algo que no duró mucho. De ahí pasé a hacer canciones vallenatas. Los Hermanos Ramos, que a finales de los setenta pegaron la canción “Fuiste mala”, son primos míos. Ellos me grabaron una canción que, por fortuna, prácticamente no se oyó ni en mi casa.

¿Siempre tuviste clara tu vocación de escritor? ¿Pensaste estudiar otra cosa en vez de comunicación social?

De manera disimulada, mi mamá quiso forzarme a estudiar cualquier otra carrera. Alcancé a presentarme a medicina y a arquitectura, y pasé en arquitectura. Pero el día que fui a matricularme eché reversa. Le dije a mi mamá que lo único que me interesaba estudiar era periodismo. Ella no quería que me dedicara a eso, le parecía un oficio de bohemios irresponsables. El caso es que durante ese primer semestre del 81, recién graduado como bachiller, hablé mucho conmigo mismo, me escuché mucho, y confirmé que lo único a lo cual quería dedicarme era a escribir. Mientras me llegaba la oportunidad, trabajaba con mi tía Jenny Ramos como vendedor de pollos congelados y en el descanso entre un cliente y el otro leía. En ese momento retomé Cien años de soledad y entonces sí que me agarró. Aquellos fueron quizá los meses más felices de mi vida, de puro parque, lectura y tertulia. Mi madre, finalmente, respetó mi decisión y me brindó todo su apoyo.

Con “La tristeza de Leandro” obtuviste el Gran Premio de Periodismo India Catalina en 1989. ¿Cómo se dio tu acercamiento al maestro Leandro? ¿Cómo te preparas para una entrevista? 

Investigo mucho sobre el personaje antes de encontrarme con él. Consulto libros, periódicos. No me gusta comenzar el trabajo hablando directamente con el protagonista de mi crónica, prefiero dejarlo de último, hablar primero con quienes lo conocen, acumular información antes de reunirme con él. Cuando hice el reportaje sobre Leandro Díaz yo tenía veinticuatro años y no había forjado el método que tengo hoy. En ese entonces llegué y encontré a un señor aferrado al marco de la puerta, en camisilla, luchando contra el bochorno de las dos de la tarde. Nadie me había hecho un contacto previo, no tenía cita, simplemente llegué. El maestro no puso ninguna objeción, fue como si estuviera esperándome, el diálogo fluyó sin dificultad. Recuerdo que pasamos al patio y él recostó su taburete de cuero contra un palo de mango. Enseguida me sugirió que recostara el mío también. Por salir del paso, le dije que ya lo había recostado. Y entonces me dijo: “No, usted no ha recostado el suyo todavía, recuéstelo”. Esa frase aún me impresiona porque revela la extraordinaria sensibilidad de Leandro para ver lo que ocurre a su alrededor, a pesar de que es ciego.

La relación que establezco con mis personajes es fundamentalmente de trabajo, y no pretendo hacerles creer que somos íntimos. En ese caso podrían sentirse traicionados, ya que quizá voy a contar algunas cosas que a ellos no les gusten. No tengo que ser grosero para dejar eso en claro. Ahora, tampoco es que llegue con un cartel en la frente que diga: “No soy tu amigo, soy periodista”. Eso es algo que se puede establecer sin recurrir a advertencias tajantes que podrían dañar el clima de confianza necesario para el trabajo de campo.

¿Recurres a un libreto escrito?

Hago un cuestionario para tener presentes los temas que quiero abordar, pero no lo leo delante del personaje. Siento que eso obstaculiza la comunicación. Aprovecho los primeros encuentros para generar confianza, no para plantear preguntas. Prefiero ver a los personajes actuar, llevar su vida normal, que sentarme a entrevistarlos, como hacía en la época de Diez juglares en su patio. Cuando fui al páramo de Sumapaz a registrar la vida de los soldados que están allá, a cuatro mil metros de altura, la tarde en que llegué le pregunté a uno de ellos cómo son los amaneceres en esa montaña, y me respondió: “Muy difíciles”. Al otro día madrugué y vi a un montón de soldados, entre ellos al que me dio esa respuesta, dándole pico y pala a un lago que había amanecido congelado. Cuando uno pregunta obtiene datos o frases; al acompañar a los personajes se obtienen escenas reveladoras que dan más vida a las historias.

¿Cómo pasas de la fase de investigación al proceso de escritura?

Cuando noto que los testimonios se empiezan a repetir, que los personajes me están contando cosas que he oído antes, doy por terminado el trabajo de campo. Intento hacer yo mismo la transcripción de las entrevistas, no siempre puedo pero lo intento. Me interesa volver a escuchar el sonido ambiente, las voces, las pausas. Luego hago un croquis, un mapa tentativo de la crónica que contiene el posible comienzo, los capítulos, la lista de temas y subtemas, las escenas.

Mientras estoy investigando no escribo. Me niego a cobrar el tiro de esquina y salir corriendo a cabecearlo. No me gusta saltar del trabajo de campo al computador, creo que debe haber una fase previa de reflexión sobre la historia. En este sentido el mejor consejo que conozco lo dio Bioy Casares. Él decía que un contador de historias tiene que aprender a contarse las historias a sí mismo, pues no se puede pretender contar a los demás lo que uno no se ha contado antes. Contarse la historia es pensar en ella, planearla, imaginarla.

Los golpes de la esperanza (1993)

–¿Qué sientes cuando golpeas a alguien en el rostro?
–Un corrientazo sabroso en los nudillos.
–¿Y cuando te golpean a ti?
–Busco la manera de desquitarme enseguida.

Lo que dicen los niños

Con “Los golpes de la esperanza”, un reportaje escrito en seis entregas para El Universal, obtuviste en 1991 tu primer Premio de Periodismo Simón Bolívar. ¿Cómo concebiste ese proyecto? 

En cierta ocasión salí de mi casa en Cartagena para ir al periódico a trabajar. De pronto, en la parada de buses, vi a un niño de diez u once años encorvado por el peso de un maletín. Me llamó la atención que tenía unos guantes de boxeo colgados al cuello. Le pregunté qué hacía con eso y me respondió que era boxeador. A través de aquel chico descubrí la historia de “Los golpes de la esperanza”.

¿Qué te atrae tanto del boxeo?

Mira, yo crecí en un pueblo donde la oferta de entretenimiento era escasísima. Dos tipos que se fajaban a golpes en la calle nos procuraban un poco de diversión a todos. Yo odiaba la figura del conciliador, del intruso que separaba a los contendores, porque nos dañaba la única distracción que teníamos. Quienes amamos este tipo de espectáculos podemos enviciarnos tanto como esos pelaos que espían tras la ventana la desnudez de una muchacha. El periodista John Schulian dice que los fanáticos del boxeo practicamos otra forma de voyerismo. Ese voyerismo no nos brinda simplemente la posibilidad de ver a dos hombres partiéndose la crisma, sino el regalo de conocer la condición humana a través de la puesta en escena que hacen los púgiles. En el ring uno ve al charlatán, al tosco, al cobarde. Es el hombre enfrentado al otro, pero también a sí mismo. Todo boxeador es un estriptisero, también se desnuda. Los voyeristas acudimos a ver esa desnudez. Pero además te digo otra cosa: en la costa caribe el boxeo está tan metido en la mentalidad de la gente que muchas palabras típicas de su jerga se usan en la vida cotidiana. Allá cuando un pelao se va a casar no dice que va a comprar la cama sino que va a comprar el ring. En los buses de Cartagena se le llama sparring al ayudante del chofer que recibe el dinero de los pasajeros. Entonces, con ese virus suelto en el ambiente, ¿cómo no iba yo a contagiarme?

Para escribir sobre boxeo leíste a Norman Mailer, eso se advierte en el libro. ¿Qué otros autores que hayan escrito sobre el tema destacarías?

En ese momento no conocía los dos libros que más me gustan sobre el tema: Del boxeo, escrito por Joyce Carol Oates, y Rey del mundo, una biografía de Mohamed Ali escrita por David Remnick, editor del New Yorker. El de Oates es un ensayo agudo con un toque de crónica; el de Remnick, un reportaje ambicioso con chispazos de ensayo. Oates encabeza cada capítulo con una cita inquietante de algún boxeador. Por ejemplo, ésta de Larry Holmes: “Es muy duro ser negro. ¿Has sido negro alguna vez? Yo lo fui… cuando era pobre”. El libro de Remnick está escrito de manera portentosa. Recuerdo un pasaje donde describe a un boxeador que gatea en el piso y tantea la lona con el guante buscando el protector. Remnick lo compara con un hombre que acaba de despertar y trata de alcanzar el despertador.

El boxeo está surcado por todos los conflictos del ser humano: la lucha por la supervivencia, la soledad, los golpes que te da la vida. El único deporte en que no se utiliza el verbo “jugar” es el boxeo; se juega fútbol, baloncesto, bolos, pero no se juega boxeo, lo que te juegas en el boxeo es la vida. Cuando en el boxeo tienes un personaje llamado Floyd Patterson resulta una crónica bellísima como “El perdedor”, de Gay Talese. Patterson era incapaz de asumir la derrota. En su equipaje no solo tenía guantes y botas, también pelucas y bigotes postizos. Andaba preparado para disfrazarse porque era incapaz de lidiar con una probable derrota. El boxeo está lleno de historias maravillosas como ésa.

¿Alguna vez te pusiste los guantes?

Un día, cuando tenía diez años, iba por una calle de Arenal y vi un tumulto de personas gritando. Me acerqué y eran dos niños dándose golpes con unos guantes nuevos. Me asombró que los guantes fueran azules, de un azul intenso. Como hasta ese momento solo había visto televisión en blanco y negro, para mí existían dos clases de guantes: los blancos y los negros. Esos guantes azules me produjeron una impresión muy fuerte. Entré en éxtasis cuando los toqué: aún olían a cuero nuevo. Me pidieron ponérmelos para boxear con un pelao que me llevaba una cabeza de ventaja. Nos dimos unos cuantos golpes que no me parecieron tan divertidos como los que se daban los demás. Desde entonces tuve claro que una cosa es ser voyerista del boxeo y otra boxeador.

¿Alguno de los niños que entonces entrevistaste consiguió triunfar como boxeador?

Por pura casualidad la semana pasada estuve en Cartagena y me topé, después de muchísimos años, con uno de los protagonistas del libro. Me pintó un panorama terrible: uno de los muchachitos está preso por homicidio, a otro lo mataron, y así por el estilo.

De un hombre obligado a levantarse 
con el pie derecho y otras crónicas (1999)

Antes de perder el pie, la plata me había cortado el corazón.
de un hombre obligado

A levantarse con el pie derecho

Tu tercer libro discurre acerca de diez personajes anónimos. ¿Qué te hizo pasar de los juglares y los boxeadores a estas personas comunes y corrientes?

Los dos primeros libros los hice mientras vivía en Cartagena. El tercero lo escribí en Bogotá. Al llegar acá abrí el lente, no quería encasillarme como cronista de músicos populares y boxeadores. Resolví contar historias de otro tipo. Vine a Bogotá porque quería retarme, imponerme un cambio de paisaje que me permitiera encontrar un país diferente al que había contado hasta ese momento.

¿Te costó mucho adaptarte a la capital?

Sinceramente, no. Podrá sonar cursi, pero la patria mía es el trabajo que hago. Tengo más sentido de pertenencia con mi oficio de cronista que con el lugar donde habito. De Bogotá valoro que me ofrece la posibilidad de integrarme al rebaño, o de mantenerme al margen si es lo que quiero. Defiendo esa opción de individualidad. En la costa es muy difícil concentrarse. Rafael Escalona me dijo una vez que en la costa la gente lo mata a uno con el cariño. La vecina llega a tu casa y te deja cuidando a su sobrino mientras ella va por el aceite, el del frente te prende un picó a todo taco desde por la mañana, tus amigos te caen en gavilla porque no conciben que alguien pueda encerrarse a la hora de la puesta del sol. Allá cuesta mucho aislarse, hay un sentido muy fuerte de lo comunal. Rojas Herazo me dijo un día: “El trópico milita contra el escritor”. Gran parte del entrenamiento de un escritor del Caribe consiste en aprender a encerrarse, en lograr escondérsele a la luz. Los escritores caribeños nos fugamos, fíjate que García Márquez ha pasado toda la vida huyendo. Como el caracol, llevamos el Caribe a cuestas a donde quiera que vayamos, pero no podemos quedarnos en él porque nos devora. Ahora bien, si en este momento me dijeran que voy a morir dentro de tres meses, te juro que enseguida hago la maleta y me devuelvo. Quiero morir entre mi gente, sembrando una matica de tomate en Arenal, la tierra donde crecí.

Por otra parte, todas tus crónicas son muy colombianas. ¿Has intentado contar historias de otras latitudes?

Es cierto que hasta ahora mis historias han sido muy colombianas. Mientras viví en la costa no llegué a hacer crónicas del resto del país; luego salí y las hice. Aún no he hecho historias de más allá de las fronteras, pero las haré. Tengo un par de proyectos internacionales. Uno de ellos consiste en contar la historia de las negritudes a través de un tambor que sale de África y llega a América. Del otro, mejor no adelanto nada por el momento.

Durante unas vacaciones en Soplaviento te topaste con “Cruzando el río en busca de apodos”, la crónica sobre ese pueblo cuya principal fuente de ocupación consiste en inventarle chapas a sus habitantes. ¿En tu experiencia de cronista se concilian el trabajo y el placer, el arte y la vida?

Con frecuencia me sorprendo en situaciones en las que no sé si estoy trabajando o divirtiéndome. A veces trabajo pero lo disfruto tanto que en realidad me divierto. Otras veces estoy descansando pero tengo el ojo del cronista activo. En “La eterna parranda de Diomedes” planteo la tesis de que Diomedes Díaz se gana la vida parrandeando. Para estar a tono con la cantidad de borrachos que deliran por su canto, él tiene que estar borracho también; para soportar a los locos que se enloquecen con él, tiene que enloquecerse como ellos. Así se le pierden los linderos entre la vida y la parranda. A mí me pasa algo parecido, pero con las historias. Soy un contador de historias nato, eso es lo que me define. Cuando me reúno con mis amigos, con mi familia, con la gente que quiero, gran parte del tiempo estoy contando algo. A veces parece que solo nos estamos divirtiendo, pero podría ser que yo estuviera midiendo la fuerza de alguna historia en la reacción de ellos.

El humor es un rasgo característico de tu talante como cronista. 

El humor aparece en muchas de las crónicas que he escrito. No cabe en todas. Al abordar temas dolorosos o dramáticos como el de las víctimas de las minas antipersonas, ¿qué humor puede haber ahí? Pero en otros casos el humor sí cabe, permite ver la realidad con otra perspectiva y lo salva a uno de calamidades como la solemnidad, tan graves en la escritura. Hay una frase de Woody Allen que cito mucho: “Todos los estilos son buenos, menos el aburrido”. A un médico yo no le pido que me divierta sino que me cure, pero a un contador de historias sí le exijo que sea considerado conmigo, pues estoy dedicándole un tiempo precioso que bien podría aprovechar para tertuliar con mis amigos. El humor es algo espontáneo. A mí me divierte mamar gallo, tomar del pelo, pero con mis personajes trato de no darme esas libertades porque puede resultar forzado, fuera de contexto.

El humor es una especie de “ábrete sésamo” que le permite a uno entrar a la gruta donde está el tesoro. En mi caso no tiene que ver con estrategias de trabajo sino que es una cosa natural. Cuando hablo de humor me refiero sobre todo a la actitud: hay situaciones de la vida cotidiana ante las cuales soy muy neurótico, muy impaciente, pero si se presentan durante mi trabajo de periodista las manejo con tranquilidad. Odio esperar, pero si un personaje me hace esperar una hora, no hay problema, lo espero. Odio madrugar, pero si me toca levantarme a las dos de la mañana para hacer una crónica, con gusto madrugo.

El texto más largo del libro surgió de tu intento por rastrear el amor entre una pareja de basuqueros en Bogotá. En vez de eso terminaste en “un viaje por el desamor”, en una “excursión por la geografía de la infamia”. ¿Qué tanto te marcó esa experiencia? 

Esa historia se fue armando en el camino, es la típica historia en la que uno va para la India y termina en América. Al final uno llega a un lugar distinto al que había pensado, pero de todos modos encuentra oro. Aquella fue la lección que obtuve de esa experiencia. Entrar en el ámbito sórdido y peligroso de esos personajes no fue fácil. Soy el hombre más cobarde que hay sobre la faz de la tierra, pero cuando voy a contar historias la excitación que me produce saber que podré echar el cuento me hace incurrir en actos temerarios como ése. Un contador de historias tiene que correr riesgos. Hay una frase de Hemingway que me encanta: “La distancia entre el toro y el torero es inversamente proporcional al dinero que el torero tiene en el banco”. No tengo dinero del cual ufanarme, pero sí me ufano de conservar las ganas de agarrar al toro por los cachos. Haciendo eso he conocido el país con mis propios ojos, pues a mí no me lo han contado: lo he visto.

A propósito de esa crónica, en la segunda edición suprimiste varios párrafos. ¿Es constante en ti la práctica de corregir?

Soy obsesivo con la corrección de los textos. Héctor Abad dice que el reto de un escritor es controlar al mal escritor que lleva por dentro. Cuando leo una crónica en la que el autor no seleccionó bien lo que debía contar, o utilizó un punto de vista inadecuado, o usó frases de cajón, me digo: este pobre hombre es rehén de su mal escritor. Hago lo que puedo para mantener a raya a ese intruso, pero a veces es tan impetuoso que no doy abasto para controlarlo; entonces recurro a la ayuda de buenos editores que me ayudan a descubrir si me he comportado como un perro que ladra echado. Detesto la idea de convertirme en uno de esos perros que ya no se levantan a espantar a los intrusos. A Camilo Jiménez, editor de La eterna parranda, le pedí eso: no me dejes ladrar echado, si me ves flojeando tírame una piedra, haz que salga de la comodidad en que me encuentro.

¿Tienes algún ritual especial para disponerte a la escritura?

Me gusta levantarme temprano a escribir, después de haber dormido bien, cuando tengo el cerebro descansado. No escribo ni siquiera un monosílabo si antes no he depurado lo que escribí el día anterior. En ese ejercicio desactivo las trampas que me puso el mal escritor en la jornada anterior. Puedo gastar hora y media o dos haciendo eso. Es parte de mi deber pero también se me ha convertido en manía: a veces gasto más tiempo revisando que avanzando en la escritura. Es posible que en esta obsesión haya algo de miedo, pues escribir es saltar al vacío mientras que reescribir es caminar sobre un terreno ya conocido.

Otra de mis manías es que me encanta escribir con unos tenis viejos, malucos, que son por ahí del año 97 y no he querido jubilar.

¿Es como si fueran tus pantuflas?

No, no. Nunca escribo en pantuflas, me parece una falta de respeto con el trabajo. Las pantuflas son para descansar, para resolver crucigramas, no para escribir. Tampoco me siento a escribir sin haberme bañado. Una de las cosas más difíciles de conseguir en la escritura es alcanzar ese punto donde estás tan atizado con tu tema que nadie te puede sacar de ahí. Encenderme en la escritura y tener que cortar para ir a bañarme sería como un coitus interruptus.

En este libro late algo que anima toda tu obra: la eterna curiosidad de Alberto. ¿Cómo haces para encontrar las historias? ¿Por ejemplo, cómo hiciste para dar con Argenil Plazas, el colombiano que visitó la Casa Blanca invitado por Kennedy en 1963?

Un día leí en El Espectador que cuando Kennedy estuvo en Bogotá le entregó las llaves de la primera casa del barrio Kennedy a un señor pobre llamado Argenil Plazas. Enseguida se me disparó la alerta. Esos personajes que fueron noticia pero que ya salieron de circulación me fascinan. Cuando ya han sido soltados por la televisión, cuando han abandonado el set de los reflectores y salen al corredor oscuro donde nadie más los asedia, es cuando me resultan más interesantes. En cuanto leí sobre Argenil me propuse conseguirlo. Como ningún colega tenía información sobre él, como nadie sabía si estaba vivo o muerto ni cuál era su paradero, fui al barrio Kennedy a buscarlo. Y lo encontré, pues, como dice el dicho, preguntando se llega a Roma.

¿Siempre fuiste curioso?

Siempre. A mí me dan la puntica del hilo y siempre la jalo. De niño sentía gran curiosidad por las diversiones de los adultos. Me parecía que el mundo era de ellos, pues hacían muchas cosas que me interesaban y no me estaban permitidas, como bailar hasta tarde en las casetas y hablar durísimo en las parrandas. Una tarde, en plenos carnavales, me acerqué a la caseta de la calle Punta Canoa a curiosear. Tendría más o menos nueve años. Lo que llamó mi atención en aquel momento fueron las coplas que cantaba un tipo de voz rota, a quien el gentío no me dejaba ver. En vez de descubrir quién coño cantaba, mis ojos tropezaban con las nalgas de los borrachos recostados contra la valla. Entonces sentí un pisotón: nunca supe quién me pisó, pero el dolor fue tremendo. Hoy, a mis 48 años, sé que no hay amenaza de pisotón que ataje mi curiosidad. Gracias a ella contemplo la vida como un espectáculo. Uno se asoma a la ventana y de golpe puede toparse con una película. Lo que yo hago es buscar películas de ésas para luego contárselas a mis lectores.

¿El cine tuvo algo que ver con esa pasión por contar historias?


Sí, pero no en el sentido tradicional en que eso se afirma. Todos los buses de Arenal pasaban frente a la casa de mi abuelo. En ellos, además de gente, llegaba toda clase de mercancías. Las películas venían de Barranquilla, eran unos carretes que parecían rollos de alambre de púas y pesaban cantidades. Las tiraban al piso desde el bus, y al caer levantaban una nube de polvo y pedruscos. Alguien del cine pasaba siempre a recogerlas. A mí me daban mucha curiosidad esos rollos, quería cargarlos, tocarlos. Me parecía increíble que esos rollos vulgares me regalaran después la historia de amor de Vicente Fernández en La ley del monte. En Arenal el cine era al aire libre, parecía un corral de ordeñadores. Cuando se reventaba un rollo, lo cual ocurría tres o cuatro veces por película, los asistentes la emprendían a piedras contra la pantalla, que por cierto no era de lona sino de zinc. Supongo que la emoción que me despertaban las películas y ese ambiente de feria, de exaltación que las acompañaba, hace parte de lo que he querido transmitir como cronista.

El oro y la oscuridad (2005)

No entiendes por qué, si Pambelé es omnipresente como el sol, tú no lo encuentras… resulta que es una sombra engañosa, se alarga y se encoge en el piso, mas no se deja tocar.

El libro sobre Pambelé es tu reportaje de más largo aliento. Se lo dedicaste a tus abuelos Alberto Ramos y Elvia Quiroz. De ellos dices que te regalaron el principio de esta historia.

Mi abuelo era seguidor de Pambelé, fue él quien me hizo conocer el personaje. Cuando Pambelé peleaba de madrugada, mi abuelo me despertaba para ver la pelea por televisión. Mi recuerdo de esas veladas es emotivo: por una parte disfrutaba viendo a mi ídolo triunfar al otro lado del mundo, y por otra, establecía con mi abuelo una bonita complicidad.

Daniel Samper Ospina dice en el prólogo que el título El oro y la oscuridad es un guiño a Fama y oscuridad de Gay Talese. Ya has hablado de grandes representantes del nuevo periodismo norteamericano, ¿hay algunos referentes latinoamericanos que quieras mencionar?

Recuerdo que en 1984, en sexto semestre de la carrera, fui un día a la facultad para algún trámite y de pronto encontré un libro gris, maltrecho, sin dueño, titulado Antología de grandes reportajes colombianos. De ese libro me encantaron muchos textos, como aquella entrevista legendaria de Gonzalo Arango a Cochise Rodríguez. Me impresionó uno de Alegre Levy llamado “Mongo, el zar de la basura”, sobre un hombre que reinaba en una gran montaña de desperdicios. Recuerdo además el de Cepeda Samudio sobre Garrincha, el jugador brasileño, y uno del propio antologista, Daniel Samper, sobre el día en que envenenaron a Chiquinquirá. Con toda seguridad ésos fueron mis primeros acercamientos al mundo del periodismo narrativo. De esa época también destaco el magazín literario que hacía Heriberto Fiorillo en el Diario del Caribe. Allí fue donde apareció un texto mío por primera vez.

En Colombia considero a Juan José Hoyos como el gran maestro del género, mi maestro. De América Latina mis preferidos son Leila Guerriero, Juan Villoro, Martín Caparrós y Julio Villanueva Chang.

Mailer sostuvo en una entrevista: “Cuando uno conoce los vacíos y arreglos con los cuales los historiadores escriben la historia, por mucho que a eso se le llame historia todos sabemos que es ficción”. ¿Qué piensas de eso? ¿Te parece relevante distinguir entre ficción y no-ficción?

Me parece indispensable esa distinción. No hacerla sería tanto como decir “apaga la luz y vámonos”. Ficción es Gregorio Samsa convertido en un monstruoso insecto; no-ficción es Miguel Littín entrando a Chile, su país, haciéndose pasar como uruguayo para filmar una película sobre la dictadura de Pinochet. García Márquez dice que cuando un relato de ficción es bueno se siente como algo real, y cuando un relato de no-ficción es bueno se siente como una invención. Puedo ilustrar eso con un par de ejemplos. La novela Madame Bovaryescandalizó a la gente de Ruan. Todos se preguntaban quién carajos era la infiel, y resulta que la infiel no existía sino en la imaginación de Flaubert, pero era real porque él logró que nosotros la viéramos, o que recordáramos, a través de ella, a un cierto tipo de mujer que hemos visto en la vida real. El ejemplo de no-ficción es la crónica “Los vecinos de Perón”, de Osvaldo Soriano. Esta crónica cuenta cómo le cambia la vida a la gente en la calle Gaspar Campos, de Buenos Aires, cuando Perón regresa del exilio y se instala en su vieja casa. Entonces los vecinos, que llevaban tiempo viviendo tranquilos, necesitan carnés para circular por su propio barrio, los visitantes son requisados hasta la exasperación, siempre hay congestión de periodistas. Al final, Soriano nos cuenta la historia de un infiel que es descubierto de modo increíble: su esposa está viendo el noticiero y de pronto, entre las imágenes del caos que hay en la calle de Perón, lo pilla despidiéndose de su amante. Los hechos asombrosos no son exclusivos de la ficción, lo que pasa es que para descubrirlos el periodista debe hacer un trabajo de campo paciente y sostenido.

Escribir El oro y la oscuridad te exigió más de dos años de trabajo. ¿Quedaste satisfecho?¿El libro le gustó a Pambelé? 

El oro y la oscuridad salió al mercado en diciembre de 2005, en un momento en que Pambelé estaba preso por haber agredido con un destornillador al pasajero de una buseta. A los pocos días recibí una llamada. Aunque la voz de Pambelé es inconfundible, dudé. Cuando pregunté con quién hablaba, me disparó un reclamo vehemente: “Eche, con Pambelé, ¿ya no me reconoces la voz?”. Le dije que me lo imaginaba preso, y entonces soltó esta perla: “Te pones a pararle bolas a lo que dicen en la televisión. ¿Cómo crees tú que voy a atacar a alguien con un destornillador, si yo no soy cachaco p’andar pegando puñalá? ¡Yo lo que pego es trompá!”. Enseguida me preguntó cuánto valía el libro. Le dije que la editorial iba a enviarle varios ejemplares. Pero él no estaba dispuesto a esperar, de modo que insistió: “¿Cuánto cuesta?”. Cuando le dije que 26.000 pesos, colgó. A las dos horas llamó de nuevo. Sonaba alegre. “Albe”, me dijo, “ya vi el libro, está bonito. Me gustaron las fotos”. Le pregunté si por casualidad había leído alguna línea de mi texto, y respondió: “No, no he leído un carajo porque me encontré con el doctor Vergara y le vendí el libro en 35.000 pesos”.

Esa anécdota responde tu pregunta: a Pambelé le tiene sin cuidado lo que uno escriba sobre él. Lo que le interesa no es lo malo o bueno que los periodistas digamos de él, sino que hablemos de él, que no lo ignoremos.

¿Hablan a menudo? 

No tan a menudo, pero sí hemos hablado varias veces desde que apareció la biografía. En estos años se han presentado algunos cambios en su vida, situaciones que no existían cuando escribí el libro y que el país desconoce. Pambelé tiene el mal de Parkinson. No tengo claro el origen de su enfermedad, porque él fue un boxeador que recibió pocos golpes a lo largo de su brillante carrera.

La eterna parranda (2011)

La vida pierde sentido cuando el acto de caminar desprevenidamente sobre la tierra de los ancestros es como jugar a la siniestra ruleta rusa.

Un país de mutilados

¿Qué significado tiene para ti La eterna parranda, el libro que salió al mercado recientemente?

Si me pusieran a escoger uno de mis libros como testamento, escogería éste. En La eterna parranda mi voz está más decantada. Es un retrato del país hecho desde diversos ángulos, una mirada totalizadora que va más allá de las noticias. El libro trae mis personajes de siempre, boxeadores y juglares, pero también tiene historias del conflicto armado, de la cultura popular, de la cotidianidad. El hecho de que sea una recopilación de crónicas escritas a lo largo de quince años refleja una terquedad de la cual me siento orgulloso. Julio Villanueva Chang acuñó una frase sobre esto en el primer número de la revista Etiqueta Negra: “Nos portaremos como la orquesta del Titanic y seguiremos tocando nuestra música hasta que el barco se hunda”. Lo que sucede es eso, justamente: el contador de historias defiende su pasión aunque el barco se esté yendo a pique.

Por la dimensión del personaje, el reportaje sobre Rocky Valdez daría para un libro. Quedé antojado de saber sobre sus rivales, sus altibajos, las peleas contra Carlos Monzón. En últimas, ¿qué factores determinan la extensión de un texto?

Habría podido hacer esa crónica más larga. La dejé así porque en la condensación gana fuerza. La extensión es determinada por la historia misma, yo la determino por intuición. Muchas de las historias de este libro, de acuerdo con el encargo que me hicieron los editores, debieron tener una extensión menor, pero en el camino fueron creciendo. La historia de las minas antipersonales, por ejemplo, debía ser relativamente breve, pero vi que daba para algo mucho más extenso. En general, de cada historia habría podido escribir el doble, pues acumulo mucha información. Aunque disponga de suficiente material, la gracia está en saber qué incluir, pues no todo lo que uno investiga es digno de ser contado. Vuelvo y cito a García Márquez: “Una cosa es una historia larga, y otra, una historia alargada”.

Durante los tres años de investigación para el reportaje sobre Diomedes nunca lograste entrevistarte con él. No obstante, ¿supiste cuál fue la reacción del cantante al leerlo? 

Uno de sus sobrinos me dijo que no lo leyó, pidió que se lo resumieran. Sé que no le gustó porque recibí dos o tres llamadas de su mánager, y al mismo tiempo entabló una acción de tutela contra la revista SoHo y contra mí. Creo haber tratado a Diomedes con respeto. De hecho, varias personas me preguntaron por qué lo traté con tanta consideración. Si alguien es enemigo de Diomedes y lee mi crónica va a encontrar en ella razones para criticarlo; si alguien es seguidor, encontrará razones para quererlo. Mi intención no era someterlo al escarnio. Tampoco favorecerlo. La idea era contar su historia, buscar los vasos comunicantes entre el personaje y la sociedad a la que pertenece. Tratar de contestar preguntas como: ¿qué significan estos ídolos en nuestra cultura popular?, ¿por qué producimos este tipo de ídolos?

En marzo de 2007, “Águilas de medianoche” abrió una serie de reportajes sobre el conflicto armado en Colombia. ¿Qué te llevó a comprometerte con esta realidad?

Antes era muy prevenido con el tema del conflicto armado; pensaba que monopolizaba injustamente la agenda de nuestros medios, en desmedro de otros asuntos que también son parte importante de nuestra realidad. Cuando en SoHo me propusieron subir al páramo de Sumapaz donde hay un batallón de alta montaña del Ejército, a contar cómo es la vida de los soldados allá, advertí que habría un punto de giro en mi carrera, un salto importante. No vi batallas, ni muertos, ni sangre, pero palpé el país olvidado de nuestra guerra, el país que no es tenido en cuenta por la televisión. Los editores de los noticieros parecen más preocupados por regodearse en el dolor ajeno que por explorar a fondo el contexto. Reducir el conflicto a la escaramuza del día, a la masacre de antenoche, al conteo de los cadáveres, es un despropósito. Como cronista quise contribuir a ampliar el lente con el cual se percibe esa realidad.

¿Cómo surgió la crónica sobre las víctimas de las minas antipersonas?

Esa crónica me la encargó un grupo llamado Reporteros de Colombia. Querían una historia que hiciera visible algún tema del conflicto armado. No sabía mucho sobre las minas antipersonas, elegí ese tema porque intuí que allí habría un filón sólido al cual agarrarme como narrador. Cuando me acerqué a esas historias sentí el horror, pero también hallé cosas admirables. Por ejemplo, en la crónica cuento el momento en que Oveida Morales, la muchacha que me servía de guía, se destapó y me dijo: “Usted está buscando víctimas, yo también soy víctima”. Y me contó su drama. Al papá lo habían matado delante de ella cuando ella tenía ocho años. Luego, ya casada, los verdugos fueron en busca del marido, se lo llevaron y al rato lo devolvieron con la orden de abandonar su tierra. Así que Oveida y su familia se marcharon. Un día, desesperada, ella resolvió volver a la vereda, aun a sabiendas de que estaba minada. Convenció al esposo para que la acompañara, y el único recurso que se les ocurrió para protegerse fue llevar un palo largo que les permitiera tantear el suelo antes de pisarlo. Esa melancolía, ese dolor de patio me conmovió, me pareció una declaración de amor por la tierra como no he visto otra jamás. Me esforcé por buscar historias así, que sirvieran para dignificar a las víctimas.

Tras más de veinte años como reportero has entrevistado a futbolistas, toreros, taxistas, travestis, cirqueros, pero no a políticos, escritores o rockeros. ¿Qué personajes te faltaría entrevistar? 

Muchos. Algunas de esas opciones irán apareciendo. Si me hubieras entrevistado hace cuatro años me habrías dicho que no tenía ninguna crónica sobre el conflicto armado. Ahora tengo varias. Los escritores, tanto los de ficción como los de no-ficción, son una fauna que me concierne desde siempre. En cualquier momento se me vuelven tema, aunque hasta ahora he preferido leerlos que escribir sobre ellos. El mundo de la política me fastidia. No sabría cómo convertir ese fastidio en motivación para contar una historia. Quizá con un personaje como Santofimio, que es una especie de Ícaro de la política, me animaría ya mismo. Los rockeros me han sido indiferentes, pero no por eso me negaría a asomarme a su mundo para verlos. Nunca rechazo los temas a priori, sin haber medido sus posibilidades. Mi abuelo Alberto, que era un viejo sentencioso, decía que de cualquier matorral salta una liebre.

¿Luego de La eterna parranda tienes nuevos proyectos en marcha? ¿Qué andas curioseando en este momento?

Ando preguntándome con qué seguir. Continuaré haciendo crónicas, por supuesto, pues ése es mi oficio, a mucho honor. Respecto a un próximo libro, sé que necesito estar retándome, hacer algo distinto, no podría ser un libro de crónicas sueltas como La eterna parranda. Me gustaría contar una historia que está sin escribir: la de la bonanza marimbera de los años setenta. Juan Gossaín escribió una novela sobre ese tema llamada La mala hierba, José Cervantes Angulo hizo otra, La noche de las luciérnagas. Laura Restrepo lo abordó también en su novela Leopardo al sol. Pero que yo sepa no se ha escrito una crónica en profundidad sobre los marimberos de esa época. La imagen del narcotraficante que tenemos los colombianos es la del traqueto de los carteles de Cali y Medellín, que o bien muere en su ley o bien es extraditado a Estados Unidos. Muchos de los marimberos costeños de los setenta, en cambio, sobrevivieron para echar el cuento, y el cuento tiene tanto de cómico como de trágico. Algunos quedaron en la ruina y se volvieron otra vez tipos de chanclas y buses cebolleros. Sé de otros que después de haber contribuido al enriquecimiento de ciertos cantantes vallenatos, hoy los visitan para pedirles dinero. Se empobrecieron por su hedonismo: como celebraban con perico el dinero que ganaban vendiendo marihuana, las cuentas no les cuadraban. Ese tema del narco derrotado me resulta apasionante.

¿Podríamos concluir diciendo que eres fruto de la tradición oral del Caribe?

Sin esa tradición no existiría como cronista. Los primeros narradores que conocí fueron los vecinos de mi calle Santander, allá en Arenal, el pueblo donde me crié. Cuando era niño, al final de la tarde siempre quitaban la luz, justo a la hora en que los zancudos salían de sus guaridas a masacrarnos. La gente sacaba sus mecedoras para aguantar el calor durante el apagón. Se armaban entonces unas tertulias comunales y descomunales. Al evocar esas tertulias admiro a aquellos parroquianos capaces de utilizar sus palabras para sobrellevar el subdesarrollo. Como no había teatros, ni heladerías, ni parque de diversiones, se entretenían con sus propias voces, contando historias de su cotidianidad. Recuerdo una: en el pueblo había un matrimonio de ancianos conformado por Alfredo y América. El viejo era un fumador empedernido, la mujer era diabética. Aunque les habían prohibido los cigarros a él y los dulces a ella, tenían una triquiñuela para burlar la prohibición: América compraba los cigarros en una tienda y Alfredo los turrones en otra. Al llegar a la casa intercambiaban. Los adultos celebraban esos cuentos a carcajadas. Me fascinaba la gracia con la que contaban sus picardías, esa capacidad de regocijo ante hechos simples de la realidad. La oralidad de mi prosa responde al deseo de parecerme a aquellos vecinos. Gracias a su ejemplo me paso la vida aprovechando cualquier pretexto para contar historias, mientras vuelve la luz.

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Una respuesta a Mientras vuelve la luz, una entrevista con Alberto Salcedo Ramos

  1. vengatriz dijo:

    ¡Hola! Hacía tiempo que tenía tu blog en mi lista de favoritos pero, al ver que tu última entrada había sido en diciembre de 2010, pensaba que este espacio estaba cerrado. Me alegra verte aparecer.¡Saludos!

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